La serie intervalos, dedicada a la proyección de trabajos fílmicos recientes, da la bienvenida a uno de los largometrajes más bellos y poéticos de los últimos años, La portuguesa, de Rita Azevedo Gomes (Lisboa, 1952), directora que mantiene en su trabajo una tensión constante entre la experimentación y el cine narrativo. En esta película, Azevedo demuestra cómo se puede replantear el cine de historia en clave vanguardista, a la vez que despliega un poderoso alegato feminista en relación con nuestro presente.
La portuguesa es la historia de una espera, del transcurso de un tiempo en el que la vida se disipa. Figurada en la Edad Media, cuenta los once años que Lady von Ketten, aristócrata de origen portugués recién casada, pasa aguardando a su marido, quien ha marchado a batallar contra el Obispo de Trento en el Norte de Italia. Se trata de un largo confinamiento, obligado por guerras masculinas de poder y religión, en el que discurre la vida.
El relato procede del cuento «Die Portugiesin», de Robert Musil, incluido en Tres mujeres (1924) y adaptado a diálogos por Agustina Bessa-Luís, una de las grandes escritoras en portugués del siglo XX. La película transcurre en los paisajes y edificios originales descritos en el cuento, hoy en ruinas; solo el vestuario es historicista, y las escenas se componen en tableaux-vivant (cuadros vivos), un elemento que utiliza Azevedo para recrear de manera teatral y distanciada el pasado, y para profundizar en las relaciones entre cine, pintura y música antigua. A lo largo del filme, las enigmáticas y anacrónicas irrupciones de una contemporánea Ingrid Caven –compañera de Rainer W. Fassbinder y actriz en algunas de sus películas– nos recuerdan que, pese a todo, cualquier narración es siempre un artificio. La portuguesa es, en definitiva, un ejercicio poético de enorme belleza y fragilidad, que se aproxima al cine de historia desde las preocupaciones éticas y formales del cine contemporáneo.