Sala 205.01

GATEPAC

La arquitectura española se incorpora a la vanguardia europea gracias a los trabajos de un grupo de jóvenes arquitectos que exigen a sus obras «higiene, solidez, confort, racionalidad, economía; todo, menos decoración», como señala uno de ellos, José Manuel Aizpurúa, en un artículo publicado en La Gaceta Literaria en marzo de 1930, en la línea de lo que ya habían defendido Le Corbusier y Amédée Ozenfant. En octubre de ese mismo año se reúnen en Zaragoza para redactar las actas fundacionales del Grupo de Arquitectos y Técnicos Españoles para el Progreso de la Arquitectura Contemporánea (GATEPAC).  

La proclamación de la II República abrió la posibilidad para que estos arquitectos trabajasen en pro de los objetivos comunes que compartían con la nueva administración: la vivienda masiva que mejorase las condiciones habitacionales existentes; las infraestructuras culturales que favoreciesen el acceso a la educación y el desarrollo de la sociedad; los espacios para las vacaciones obreras retribuidas –obligatorias tras la aprobación de la Ley del Contrato de Trabajo–; o los hospitales que garantizasen el acceso a la sanidad, se desvelaron rápidamente como los equipamientos que necesitaba con urgencia el país para dotar a las ciudades de una nueva dimensión formal y ética.  

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