[Suenan pájaros piando]
Lo que más me gusta es esta luz. Cambia todo el tempo, transformando el espacio y un poco también a mí. Esta sala es como de otro mundo. Nosotras la llamamos la «sala de meditación». Lo que se expone aquí no dejan de ser unos simples muros. Como paredes de una casa a medio hacer. Son de un acero macizo, oscuro, oxidado y profundo. Y si te fijas bien, están llenos de colores escondidos: naranjas, marrones, ocres, pardos, negros, grises.
Cuando no hay nadie, las toco a escondidas. Son extrañamente cálidas. Como si estuvieran vivas. A veces hasta me parece que respiran. Vidas-metal que duran milenios de quietud. Me gusta sentir que comparto este tempo inifnito con ellas. Ocupando en silencio mi porción de espacio. Óxido y carne y sangre y metal. Otras veces me gusta imaginarme que son enormes, gigantescos edificios por los que paseo. O microscópicos, como cristales diminutos, formas perfectas de la naturaleza. Cajas sin interior o monolitos tumbados. Tótems de alguna religión desconocida. Paredes-abismo por las que una podría caer.
Yo siempre había querido ir a Roma. Llevaba años queriendo ver con mis propios ojos la Fontana de Trevi y a lo mejor, un poco borracha, meterme en ella como la chica de esa película en blanco y negro. A veces me imagino cosas así. Locuras sin importancia. Como dice mi abuela, siempre he tenido muchos pájaros en la cabeza. Nunca he entendido mucho esa expresión: pájaros en la cabeza. No sé si esos pájaros se metan allí. Mi cráneo como un nido. Cada pájaro una idea disparatada que llevaba mis pensamientos lejííísimos, buscando el calor en invierno. Pajarillos migratorios. Carbonero, verderón, abejaruco, zorzal común… Pequeños pájaros que cruzan el océano guiados por vete tú a saber qué deseo, qué necesidad.
Mi abuela, aunque ella no se de cuenta, es ahora también un poco así. Se le ha llenado la cabeza de pájaros. Pájaros perdidos, desorientados. Pájaros que perdieron el hilo o el camino. Pensamientos cantores. Melodías sin estructura ni final. Lavandera, estornino, papamoscas, martín pescador…
De todas formas, mi abuela tiene un poco de razón, mi cabeza siempre ha estado en otro sito, desplazada, desplazándose, de camino a otro lugar, buscando otro lugar distinto de aquel en el que yo me encontraba. Creo que por eso puedo aguantar aquí tanto tempo sin volverme loca.
Me siento. Me levanto. Camino un poco. Vuelvo a sentarme y aquí siguen: dos muros largos y dos pequeños y cuadrados que dejan un espacio vacío en el que rebota la luz. No hay nada más, como si la obra no fuera tanto las piezas de acero, sino el espacio que liberan. Esta luz y esta calma que me acaricia.
La gente entra, mira, atraviesa la sala y se va. Casi no hablan, o lo hacen muy bajito, como si estuvieran en una iglesia. Lo bueno es que aquí no pasa nada si te despistas un poco. ¿Qué va nadie a hacer contra una obra de acero que parece indestructible?
De niña vi una película italiana. No recuerdo ni el título ni el nombre del director. Yo creo que no era muy para niños, la verdad. Pero mi abuela me obligaba a ver con ella películas antiguas. Qué bello es vivir, El bazar de las sorpresas, Carta de una desconocida. Hoy todavía veo películas con mi abuela. Siempre dobladas, claro. Películas de Cary Grant, de Robert Redford, de Marcello Mastroiani, que son los actores que le gustan a mi abuela. Esta transcurría en Roma. No recuerdo de qué iba, pero sí recuerdo vivamente un momento concreto. Imágenes que se quedaron grabadas en mi cabeza de niña. O imágenes que me invento, ¡qué más da! En la película, unos hombres abren una puerta de hormigón o de piedra que lleva cerrada cientos de años. La puerta da a un pasillo estrecho. Un espacio estancado, detenido, milenario. Y cuando abren esa puerta, los frescos pintados en las paredes del pasillo, al entrar en contacto con el aire exterior, se deshacen, se descomponen en mil pedazos. Los fragmentos caen al suelo como una lluvia de papel coloreado. Uno de los personajes grita, desesperado, «¡cerrad la puerta! ¡cerrad la puerta!». Pero es demasiado tarde. Los frescos romanos se volatilizan en apenas segundos. Eso es lo que hizo que se me quedara grabada en la cabeza. No solo la imagen de la destrucción espontánea, de la pintura cayendo, desintegrada, sino la idea detrás de esa imagen: una obra de arte conservada durante siglos que sólo puede seguir existiendo si nadie la mira. Ojos de rayos X. Yo, mutante trágica. Yo, heroína maldita. Yo, medusa invertida, aquí sentada. Sin que nadie lo sepa. Yo, la mujer de mirada mortífera que aniquila, cancela, imposibilita y quiebra lo que ama.
Gigantescas cajas negras de aviones estrellados. Prismas inútiles. Material de derribo. Chatarra. Criaturas aburridas. Metales industriales. Muro de las lamentaciones contra el que golpear la cabeza. Frontera. Muro de cárcel, de correccional. Paredes infranqueables. Si yo fuera una visitante seguramente pasaría de largo ante esta obra. Igual hubiera sonreído un momento. El arte contemporáneo, a veces, es así. Una suave disposición a la sonrisa.
Difícil el movimiento. Difícil el cambio. Difícil la quietud. Inercias con vocación de eternidad. Y aquí sigo, sola en este desierto, en esta intemperie. Cuando una se ve obligada a pasar tanto tempo delante de algo, aquello que una mira empieza a cambiar. Se vuelve un espejo, como un reflejo. Cambia al que mira. Cambia al que mira de alguna manera. Yo creo que lo que miras te pertenece siempre. Un rostro, un paisaje, una piel. Unos muros de acero.
Abubilla, jilguero, petirrojo, ruiseñor, oropéndola, herrerillo, zorzal común… Lo peor aquí son los pensamientos obsesivos. Cualquier pequeño problema, después de seis horas, se convierte en algo gigantesco, terrorífico, ingobernable. Y aunque trate de desconectar, al día siguiente empiezo de nuevo. Un día y otro. Aquí, por ejemplo, llego a estar toda una semana. Mirando los muros de Richard. Como una leona enjaulada. Por eso es importante no aflojar y mantenerse atenta. «Viva», como dice mi abuela.
Crema para la cara, líquido para las lentillas, pimientos rojos, cebolla dulce, pechugas de pollo, patatas, tomate frito, papel higiénico, café, algo de pescado, pan integral, uvas, naranjas de zumo, galletas… ¡Ay! Ya estoy otra vez. Lo hago sin querer. Las listas de cosas ayudan. Cuando te quieres dar cuenta ha pasado una hora. A veces hay suerte y ha pasado una hora y media. Pero luego hay minutos eternos que parecen días enteros. Este trabajo nuestro deforma el tiempo de forma increíble. El otro día, viendo un documental de ciencia en la tele, pensé que Einstein debía haber tenido un trabajo muy aburrido para poder pensar esas cosas sobre el tempo deformándose y el espacio relativo y no sé cuantas cosas más. Y luego dijeron que inventó todas sus teorías mientras se aburría en la aburrida oficina de patentes en la que trabajaba. Si yo no tuviera la cabeza llena de pájaros estaría inventando universos, construyendo teorías, elaborando postulados, viajando entre galaxias relativas.
Porque eso sí me gusta: pensar. Durante horas doy vueltas a las cosas, las miro del derecho y del revés hasta desdibujar sus contornos. Observo mis ideas como se miran las nubes, tumbada bocarriba susurrando: una nave espacial, un dragón, una serpiente que se deshace…
El otro día, al volver del trabajo, mi abuela me pidió que no hiciera ruido porque su nieta estaba descansando en la habitación de al lado. Sin darse cuenta, mi abuela me regala estos desdoblamientos, estas múltiples presencias y cuerpos. Me mira con sus ojos pequeños y acuosos y en su mirada, una mirada que no destruye nada sino que acaricia todo, entiendo que los límites de mi mundo no los pueden definir las palabras.
Es para la mejor conservación de las obras, dicen. A veces hay unas corrientes de aire que te congelan las neuronas y te quedas como un pingüino en mitad de la ventisca. Supongo que a mi piel le viene bien este fresquito en el que paso la mitad del día. Es difícil mantener la cordura. Sin poder mirar el móvil o leer o escuchar música. La cabeza te juega malas pasadas aquí. Lo que más te absorbe son los malos pensamientos, así que ver a otros humanos ayuda. De vez en cuando alguno incluso se percata de mi presencia y me mira, sacándome de esta invisibilidad claustrofóbica.
Últimamente estoy desarrollando una complicidad muy especial con el silencio y con el paso del tiempo. Mi atención se dirige al vacío, a los huecos, cuando no sucede nada en particular. Como si sólo así pudiera dar volumen a los momentos. Pienso que meditar debe ser algo así.
Cuanta más gente veo pasar por aquí, más muertas me parecen estas piezas de acero. Inanimadas, quietas, solitarias, insistentes. Un poco como yo. Las miro y las miro durante horas. Ahí están, inexpresivos, los muros. Desafiándome cada día, impertérritos. Oxido, silencio, metal. Yo siempre trato de imaginarme a los artistas, aunque estén ya muertos, como Richard. De alguna manera, algo de lo que pensaron y sintieron permanece en estas cosas que hicieron, ¿no?
Richard Serra se llamaba. Era americano. Nació a finales de los años 30. Así que supongo que vivió la guerra como adolescente y decidió hacerse artista en mitad de un país victorioso. Murió con 85 años y hacía arte minimalista, que me parece que es arte con poco. Arte con lo mínimo. Lo mínimo necesario. Y sin embargo sus obras son enormes y pesadas, como esta de aquí. Yo es que soy muy de leerme los folletos que acompañan las exposiciones. ¿Qué otra cosa voy a hacer? Algunos compañeros no, algunos deciden no interesarse por nada. Como en todos lados.
Esta escultura se llama Equall-Paralel: Guernica-Bengasi y pesa 36 toneladas. Hablar de toneladas se me hace rarísimo. Pero aquí están: 36 toneladas de acero que nadie podría mover ni un milímetro. Lo curioso de esta obra es que se perdió. Desapareció sin que nadie se diera cuenta. Parece de risa. Esta que está aquí es una copia de la escultura perdida. No se cómo se puede perder algo tan grande. Yo soy muy de perder cosas, pero 36 toneladas de acero… madre mía.
Igual, paralelo. Vale, a eso llego. Dos parejas de piezas iguales dispuestas en paralelo. Guernica, Bengasi. Al parecer Bengasi es una ciudad libanesa que el ejército norteamericano bombardeó matando a decenas de personas. Y Guernica, pues parecido. Paso algunas horas al lado del cuadro de Picasso también y, no sé, está claro que Richard es menos directo. ¿Cómo se dice? Más elusivo. Eso es, elusivo, que es una palabra hermosa.
Yo aquí, para qué engañarme, me aburro mucho. Treinta y seis horas como toneladas. Deseando que pasen, que pasen ya, cuanto antes. Pero me da tanta rabia cuando pienso así, como si el tedio finalmente me venciera, ¿no? Por eso necesito invertir mi energía en contradecir íntimamente esta situación. Por fuera inapreciable, ausente, impasible. Por dentro fuego, intensidad de la mirada, libertad del pensamiento. Aguantando aquí sentada las ganas de gritar o salir corriendo o romper algo.
¡Ah! ¡Y caramelos para mi abuela que se le están acabando! Crema para la cara, líquido para las lentllas, pimientos rojos, cebolla dulce, pechugas de pollo, patatas, tomate frito, papel higiénico, café, algo de pescado, pan integral, uvas, naranjas de zumo, galletas… y caramelos para mi abuela. El otro día leí una entrevista con Aura Garrido, una actriz de la tele. Decía que a los actores les pagan por, básicamente, esperar. Por esperar y no hacer nada. Por estar preparados. Que eso era lo más difícil de llevar, las largas esperas. Me hizo gracia. Supongo que a mí también me pagan por pasar desapercibida. Por hacer lo mínimo posible. Lo mío es también un trabajo minimalista, ahora que lo pienso. En todo caso, si alguien me espera o espera algo de mí, es mi abuela, a la que cuido desde hace dos años y que necesita mi presencia cada día para continuar.
Richard imaginaba a la gente caminando entre sus esculturas, habitando sus espacios. Y aquí estoy yo, llamando la atención a cualquiera que intente acercarse: «No, por favor, no se pueden tocar las obras. Gracias». A mí me parece que sus piezas un poco también se aburren, ahí colocadas, entristecidas sin que nadie las toque. Juguetes impolutos que se han quedado sin niños que inventen refugios, castillos, barcos naufragados.
Sería imposible fijarme en cada rostro que pasa por aquí, retener sus rasgos, recordar sus peculiaridades. Sería para volverse loca. No. Qué placer poder mirar una cara y olvidarla. «No se puede tocar, no señor. Gracias». «Solo sin flash». Rostros que olvido para siempre.
Composición, balance, contexto histórico, materialidad, color, textura, intenciones del autor. Trazo, efecto, espacialidad. Fondo, trasfondo, superficie. Táctil, háptico, hipnótico, panóptico. Comentario, homenaje, trampantojo. Modernidad, tradición, posmodernidad. Transgresión, subversión, transposición. Curva, punto, línea. Abstracción, símbolo, figuración. Literalidad, complejidad, metáfora. Primitivismo, infantilismo, expresionismo. Distancia, peso, vacío. Realismo, abismo. Paisaje, retrato, naturaleza muerta. Gesto, huella, bosquejo. Punto de vista, punto de fuga, perspectiva. Palabras preciosas que almaceno y combino en mi cabeza. Para nada. A veces simplemente para nada.
Lo que más me gusta de Equal-Parallel: Guernica-Bengasi es que no trata de convencerte de nada. Estos prismas de acero están aquí y tú puedes observarlos. No se molestan si apenas los miras al pasar o te quedas junto a ellos una hora. Puedes pasear entre ellos o mirarlos de lejos. Son impasibles, tímidos y respetuosos. No tratan de imponerse ni capturar tu atención. No buscan ser divertidos ni emocionantes. No gritan llamando la atención. No les importa tu presencia. Su indiferencia es liberadora. A veces me descubro pensando así. Cómo si te hablara. A ti, que estás pasando o mirando una escultura. Así me hablo a mi misma, en mi cabeza. Pienso como si te contara mis cosas. Una técnica de supervivencia que he inventado sin querer. Qué locura, ¿no? Lo hago sin darme cuenta. Me sorprendo hablándote. A ti, desconocida. A ti, desconocido. ¿Hola?
Paseando por la Via dei Fori Imperiali, a los pies de la imponente columna de Trajano, un hombre baila. Viste camisa y pantalón azul. La camisa por dentro. Los pantalones más oscuros que la camisa. Zapatos negros de cordones. Baila en la acera, indiferente a lo que le rodea. Los turistas pasan a su lado sin detenerse. Los coches circulan a su espalda. Es un hombre de unos setenta años, con el pelo blanco y fuerte, que mueve gráciles los brazos mientras da pasitos cortos hacia delante y hacia atrás. Perfectamente afeitado, el sudor que provoca su danza oscurece su camisa. Mueve las caderas y parece habitar otro tempo, construyendo un mundo en permanente movimiento que le pertenece sólo a él. A veces me recuerda a Fred Astaire.
[Suena el Concierto nª5 en Fa menor de J. S. Bach, interpretado por Glenn Gould]
No se qué hace ahí o por qué baila. Disfruta de su cadencia sinuosa y rítmica. Persigue líneas exactas y no se deja influir por los turistas que paran un momento a grabarle o le hacen fotos. No sé cuánto tempo lleva allí. Me quedo parada disfrutando de su danza. Paso-paso-paso-paso-paso-paso. Giro-giro-paso-paso. A veces señala con el dedo, pero no señala a nada ni a nadie. Sus dedos hacen gestos que se agotan en sí mismos. Destellos de su propio placer. No sé si está pidiendo dinero o si es un loco que todos los romanos conocen. Me gusta pensar que siempre está ahí, en ese fragmento de acera que, inevitablemente, le pertenece. Apenas apoya los talones, lo que provoca un permanente estado de desequilibrio que él maneja como nadie. Camina como por un alambre, confiado en su diálogo con el abismo. Su concentración es extrema y relajada. Paso-paso-paso-paso. Media vuelta y… paso-paso-paso-paso. De vez en cuando le gusta sorprendernos con cambios de ritmo y contratiempos audaces. Mirándole me parece ver a alguien, verdaderamente, trabajar. Atento a un tempo que sólo él conoce. Su danza es inaccesible. Él sabe que está actuando, pero no actúa para nadie. No trata de cumplir ninguna de las expectativas que le rodean. Impasible al aplauso, a la broma, al jaleo. Disfruta de su movimiento sin fin, sin finalidad. No le importa mi atención ni la de nadie. Nada le afecta. Todo le conmueve. Hay algo divertido, irreverente, por momentos torpe, en él. Sabe que lo más liberador que puede hacer es bailar, precisamente ahí, en la calle. Su gesto parece abrir un abismo por el que caerse.
Recordándole ahora, pienso que él sabía muy bien que no puedes estar todo el día pendiente de lo que los demás piensen de ti. El que salta al vacío no le debe ninguna explicación a los que se paran a mirar.
[Se acaba la música]
El otro día alguien se dejó aquí olvidado un libro. En él leo de reojo: «El cuerpo es como un coágulo de tempo». El cuerpo es como un coágulo de tempo. Guau. Y sí, lo compruebo cada día en este aburrimiento con el que me gano la vida. Y lo compruebo también frente al cuerpo de mi abuela. Observo estos hierros durante horas y luego observo la piel transparente de sus manos, que acumula toneladas de tiempo entre sus pliegues.
Calandria, martinete, reyezuelo, chorlito, rabilargo, tórtola, vencejo, alondra, estornino, colirrojo, zampullín, zarapito, piquituerto común… Tenemos muchos días libres, eso sí. Y muchas veces ocupo el tiempo imaginando mis vacaciones. Antes de ir a Roma estuve semanas planeándolo aquí, delante de los muros de Richard. Esto me pasa mucho. Soñar con estar en otro lado, muy lejos. Me escucho pensar y parezco una presidiaria, soñando siempre con la gran evasión.
Teresa me mandó el otro día una foto por whatsapp de una vigilante de la galería Tretakov, en Moscú. En ese museo todas las vigilantes de las salas son mujeres mayores. Su vestimenta es muy diferente de la que llevamos aquí o en cualquier museo occidental. No lleva camisa ni chaqueta ni pantalones. La vigilante de la foto lleva una falda gris, chaqueta de lana color salmón y una bufanda. Está sentada en una silla en la parte izquierda de la imagen, sus manos reposan una sobre otra sobre sus rodillas que están muy juntas y su mirada se dirige hacia el extremo derecho de la imagen. Parece que mira algo fuera de cuadro. Pero yo sé que no mira nada en particular. Anda perdida en pensamientos que se desvanecen a cada segundo, como los míos. El suelo es de madera. Tras ella, sobre ella, ocupando todo el resto de la imagen, se ve un cuadro enorme que representa a cinco mujeres que también esperan sentadas en unos bancos pegados a la pared de una sala que también tiene el suelo de madera. Parecen expectantes, quizá nerviosas. Sus manos reposan en sus rodillas exactamente igual que las de la vigilante del museo, produciendo un gracioso efecto especular. Junto a ellas hay un acordeón. Es de noche ya. El cuadro, lo he sabido después, lo pintó Yuri Kugach en 1961 y se titula Antes del baile. Mirando a escondidas la fotografía en mi móvil me gusta imaginar que la vigilante del museo sueña secretamente con que las mujeres salgan del cuadro y que, dando por terminada su espera, la cojan del brazo y den comienzo, por fin, al baile. Paso-paso-paso. Giro-giro. Paso-paso-paso. Giro. Paso-paso-paso…
Aquí sigo. Soñando despierta. Aquí siguen también los muros de Richard. ¡Y no ha pasado ni media hora!