Sol Iglesias. Los nadadores

Sesión 10. La piscina: nadar o hundirse. Cine de verano

Sol Iglesias, Los nadadores, 2026, película

Sol Iglesias, Los nadadores, 2026, película

El fin del mundo, provocado por la crisis climática, ha llegado y un grupo de amigos deambula de piscina en piscina en medio del verano eterno de Buenos Aires. De pileta en pileta, atraviesan la ciudad en una deriva placentera y ociosa. En ese tránsito, encuentran a distintos supervivientes que buscan desesperadamente el agua hasta su propio final.

A modo de réplica de la película El nadador (1968) de Frank Perry y Sydney Pollack, Los nadadores de Sol Iglesias es, de igual forma, un camino hacia el crepúsculo. Las piscinas simbolizan, en este escenario quemado por el sol, una metáfora de refugio, pero invariablemente también de muerte dulce. El calor extremo es lo que la convierte en un final fresco y placentero. La piscina representa, además, el letargo de una juventud cansada de luchar contra lo que cree «inevitable». Al colarse los jóvenes en piletas de vecindarios privados, en lugar de mostrar espacios públicos, la piscina termina siendo un reducto de intimidad que es necesario asaltar: el falso paraíso de una sociedad que ha colapsado. El filme acerca conceptualmente al espectador a otra película argentina también presente en este ciclo, La ciénaga (2001) de Lucrecia Martel, donde los cuerpos buscan recodos de agua estancada.

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Organiza

Museo Reina Sofía

Comisariado

Chema González, Dídac Humà y Alberto Moreno

Patrocina

Estrella Damm

Actividad accesible
Esta actividad cuenta con plazas para personas con movilidad reducida

Agenda

sábado 01 ago 2026 a las 22:00

Sol Iglesias. Los nadadores

Argentina, México y Estados Unidos, 2026, AD, color, sonido, versión original en español, 76’ 

—Con la presentación de Martin Szereszevsky, productor de la película

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Sol Iglesias, Los nadadores, 2026, película
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La piscina: nadar o hundirse

Cine de verano

El Museo Reina Sofía dedica este año su ciclo de cine estival al imaginario existencial y simbólico de la piscina. El cine de verano celebra el acto de ver películas en comunidad en el jardín neoclásico del Edificio Sabatini, un oasis verde recién restaurado y habitado por esculturas de Dan Graham, Eduardo Chillida, Alejandra Riera y Alexander Calder, al que se suma la gran pantalla de cine como otra obra contemporánea más.  Un ciclo de acceso gratuito que transcurre durante todos los viernes y sábados de julio y agosto. 

Con el título La piscina: nadar o hundirse, el programa persigue desarrollar la ambigüedad existencial que caracteriza a la piscina a lo largo de la historia del cine en sus manifestaciones más diversas. La piscina permite explorar ideas próximas a la identidad misma del verano: el ocio, el tiempo libre, el hedonismo, el disfrute sensorial, el calor extremo o la sensualidad de los cuerpos. Pero también se asocia con el reverso de estas emociones, como la melancolía, la fugacidad del paso del tiempo o la búsqueda de aquello inalcanzable, ya sea el estatus social o el deseo irrealizable, y sus funestas consecuencias; así, no es de extrañar que la piscina, arquitectura del placer y del goce, sea también escenario del crimen y de hechos delictivos. En efecto, la piscina, aquella conquista de la clase media que rompe la solidez del jardín, es mucho más que un refugio de hedonismo estival: es un umbral simbólico entre la razón y el deseo. Bajo su superficie no solo hay agua controlada y un afán acuático para el relax, hay toda una geografía de los propios deseos en su lado más irrefrenable.  

El agua, sometida y transparente, actúa como un escaparate social que refleja la inocencia de la infancia, pero también los deseos más perturbadores de la madurez. Es el escenario teatral de la mirada ajena y la búsqueda del otro; también es el espejo de un falso sosiego bajo la imagen propia idealizada. El acto de sumergirse altera estas reglas: el ruido se apaga y la gravedad se suspende. Con el hundimiento regresa la metáfora de la introspección, a un espacio donde la mente retumba, se libera de estructuras externas y permite habitar la propia identidad. Ahí, muy adentro, asoma el abismo y la intriga. La piscina: nadar o hundirse, una invitación a gozar, o no.

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